Sueño VI: Los Moradores de la Cavernas

En este estrecho camino desciende la serpiente de fuego hacia el corazón de la montaña.

Avanzamos en la penumbra, las antorchas revelan los bruscos contornos de nuestras armaduras y en la marcha iluminamos el túnel.

Los habitantes del pueblo pidieron nuestro auxilio y un primer grupo atendió el llamado. Pasaron semanas sin saber de ellos así que vamos a terminar el trabajo.

Tiempo atrás unos mineros descubrieron una bóveda de cobre en la montaña con demonios tallados en piedra. Las estatuas despertaron al sentir la presencia humana, alzaron sus cuerpos robustos con cuernos retorcidos y melenas enmarañadas. Los demonios de ojos centelleantes observaron a los mineros huir aterrados.

De las profundidades una oleada de berridos invadió los túneles. Los que lograron escapar sellaron la mina y oyeron los gritos de sus compañeros ahogarse en el interior…

Seguimos la oración en latín que proviene de los túneles, un resplandor se hace más intenso al acercarnos. Descubrimos a un monje arrodillado frente a una cruz que arde con un hombre crucificado, la armadura y su cuerpo se carbonizaron, levanta la cabeza de su hombro para mirarnos, en ese instante desenvainamos las espadas.

—¡Santos, retrocedan! —dijo el monje con voz rasposa y se pone de pie —¡Este es mi reino!

Con espada en mano el monje arremete en nuestra contra; esquivamos sus ataques y maldiciones. Es un hombre de Dios, nadie se atreve a combatirlo, es uno de nosotros enviado a preservar la fe de la primera expedición.

Doy un paso atrás cuando se abalanza contra mí, el peso de la espada lo hace tambalear y se apoya en ella para no caer, gira el rostro hacia nosotros levantando alto el filo y de un solo movimiento le amputo los brazos con mi espada. Cae de rodillas y ve sus heridas. Le atravieso el pecho y retuerzo la hoja hasta reventarle las costillas. Limpio la sangre en mi rostro frente a las miradas atónitas de los soldados y sigo el camino a la bóveda de cobre.


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