En la profundidad de su mirada existía una ilusión que ella deseaba compartir. Sus ojos castaños capturaron aquel rostro reflexivo; sintió esa expresión recorrer su mejilla, una caricia deslizándose hacia el borde de sus labios. Bajo la mesa, apretó los dedos de una mano con la otra hasta sentir las palmas humedecidas. Desvió la vista y la clavó en el suelo.
Una vibración nerviosa subió por su cuerpo al compás del golpeteo de su pierna. Era una cascada de dudas emergiendo de las sombras para asaltar su mente: «Yo deseé tenerlo, creí que podía, pensé que existía…». La mirada zigzagueó en un torbellino de pensamientos. «Quise que funcionara, confié en que lo lograría… sin embargo…».
Los ojos se le perdieron en la distancia. El movimiento de su pierna se detuvo en seco y la tensión se trasladó de inmediato al ceño. En un desplazamiento mecánico, elevó la mirada hacia él, desmenuzando cualquier rastro de esperanza: «Ni una palabra».
Se volvió hacia la puerta con un impulso que hizo rechinar la silla. Solo tenía que ponerse en pie y salir sin mirar atrás.
—Azura —dijo él.
El tono, cargado de una autoridad tranquila, la congeló. Azura lanzó una mirada que atravesó la mesa. Lo escudriñó: él permanecía allí, con los ojos fijos en ella, permitiendo que el silencio se extendiera un segundo más de lo necesario solo para verla tensarse. Una mecha se encendió en su vientre y trepó con rapidez a su pecho.
La autoridad en su voz fue un latigazo. Ese nombre sonó a una intrusión, un eco de sus padres que emergió de la niebla de su infancia. Las piernas le cedieron y la devolvieron al asiento, rígida. Había conquistado el firmamento para huir de esa niebla, entregando su vida a un azul que, sin saberlo del todo, ya le pertenecía. Pero frente a la mirada de Herón, hasta el cielo se le desdibujaba. Buscó refugio sobre los muslos, entrelazando los dedos en un nudo apretado para ocultar la punta de las uñas. Inclinó la cabeza y cerró los ojos hasta encontrar silencio en sus pensamientos. Cuando la calma regresó, una pregunta pareció flotar a su lado; la atrapó y entonces abrió los ojos para encararlo.
—¿Me extrañaste? —Su voz era mesurada, pero el matiz de reclamo le torció los labios en una mueca de amargura.
Sintió que la mirada de él se anclaba en sus pupilas con una atención inmersiva; instintivamente se retrajo, incapaz de sostener ese nivel de exposición. No respondió de inmediato; la observó con la calma de quien comienza a hurgar en un secreto ajeno.
—¿Por qué lo preguntas? —soltó él finalmente. Inclinó la cabeza con la elegancia de una garza y atisbó el leve temblor en el rostro de Azura, el amartilleo de la ceja, una tensión lista para liberarse. Disfrutaba su impaciencia.
—Sí o no, Herón. —Los finos rasgos de su nariz aguileña se tensaron—. Así de simple.
—¡Ja! ¿Simple? —Él hizo un gesto vago con la mano—. Lo dirás tú, que estabas por huir. ¿Qué te detuvo? ¿El miedo o el orgullo?
—¡¿Huir?! —Sus ojos se abrieron de par en par. Miró sobre su hombro hacia la salida. La pregunta se había disuelto y ahora se sentía desnuda en su necesidad de saber si fue extrañada. Apoyó el codo en la mesa y se presionó el labio con fuerza, provocándose un dolor punzante para anclarse a la realidad.
—No tienes el valor de decirlo —sentenció ella con una paciencia gélida.
—¿Y qué obtienes tú de saberlo? —devolvió él con indiferencia.
El impacto de su frialdad la empujó contra el respaldo, pero se irguió de inmediato. Su lengua recogió el rastro metálico de la sangre en su labio inferior.
—Porque he vuelto. —Las mejillas se le tensaron y el aire contenido le hinchó el pecho—. ¡Dilo de una vez!
Herón paseó la vista por la cafetería, notando cómo la atención de los comensales gravitaba hacia ellos. Con un movimiento apenas perceptible, despachó al camarero, quien había quedado petrificado a mitad de camino tras el estallido de Azura.
Azura se sintió el centro de los murmullos. Se hundió en el asiento, cruzando los brazos con los hombros caídos, tratando de esconderse en sí misma.
La luz áurea se filtró en el local, encendiendo sus iris hasta tornarlos de un color miel cristalino. Herón se fijó en la nebulosa de pecas alrededor de sus pupilas: un firmamento donde cada punto era un sueño que nacía o una ilusión que colapsaba. Esa era su belleza: la capacidad de albergar posibilidades y permitir que ardieran en su propia destrucción, aunque en ese momento ella pareciera tan frágil.
—¿Por qué volviste? —preguntó él, ignorando el arrebato anterior—. ¿O es que no tenías a dónde más ir?
Ese dardo final hizo que Azura perdiera el rastro de cualquier belleza luminosa. Lo miró con el fuego de quien ya no tiene nada que perder. «No necesito de ti, ni de nadie», pensó, aunque el frío en su sangre dijera lo contrario.
—¿Qué más da? —El eco de su voz se perdió contra el cristal de la ventana.
—Justo. Qué más da si te eché de menos —concluyó Herón con una indiferencia terminal.
La conversación fue sepultada por los acordes de una guitarra acústica. El sonido evocaba un vacío; la intérprete era apenas un susurro con el ascenso de aquella aurora, marcando el inicio de un viaje agridulce donde ya no quedaba espacio para los reproches, solo para la distancia.


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