Esta historia viene de una pregunta que necesitaba responder: ¿puede la razón ayudarnos a comprender un vínculo afectivo, o solo nos entrena para justificar lo que el corazón ya decidió sin pedir permiso?
Hace tiempo, en una libreta que guardo para pensamientos que aún no sé si merecen ser creídos, anoté esto: «No respondas a preguntas que buscan explorar tus deseos». La cerré, convencido de que la entendía. Pero una frase así exige comprobación, y la única forma honesta que conozco de comprobar una idea es ponerle un rostro, sentarla frente a otro rostro, y ver si sobrevive al silencio que se abre entre los dos.
Antes de que esa pregunta tuviera forma de historia, tuvo forma de persona. Azura llevaba tiempo en mi cabeza, completa, terca, contradictoria, mucho antes de que yo supiera qué le iba a pasar. Sabía cómo hablaba, sabía de dónde venía su necesidad de tener siempre el control, sabía que algo en su relación con sus padres la había dejado esperando que alguien, algún día, no la soltara. Lo que no sabía era cómo se comportaba esa mujer cuando alguien lograba, por fin, ponerla contra las cuerdas. Escribí esta historia para averiguarlo.
Me interesaba explorar qué ocurre cuando dos personas inteligentes, acostumbradas a resolver problemas con lógica, se encuentran frente al único problema que la lógica no sabe resolver del todo: cómo permanecer unidas sin dejar de ser, cada una, quien es. Por eso necesitaba encerrar a Azura en un espacio del que no pudiera escapar, frente a la única persona capaz de leerla mejor de lo que ella se permitía leerse a sí misma. Todo ocurre en una sola conversación, en una sola mesa, porque quería ver qué hacía cuando ya no tenía a dónde huir. Las imágenes de vuelo y combate que atraviesan el libro no llegaron después, como decoración: son el modo en que ella piensa, calcula y ama. No podía dársela al lector de otra forma sin traicionar quién es.
No hace falta saber de tácticas de vuelo, de radares ni de formaciones aéreas para leer estas páginas. Basta con haber extrañado a alguien y haber tenido miedo de decirlo primero. Si eso te ha pasado, ya conoces el terreno: querer a alguien que no te suelte.
Si eres de los que gustan de desarmar un reloj para ver por qué marca la hora, encontrarás debajo de la conversación un andamiaje: un mapa de tipos de relación, razones que unen y causas que separan. Ahí está la base de una teoría, pero no la vas a encontrar completa: apenas se asoma, lo suficiente para que la sospeches. No lo escribí para que se estudie; lo escribí para que, una vez cerrado el libro, alguien se sorprenda reconociendo su propia coordenada en él.
Esta historia no busca decidir quién tiene la razón entre Azura y Herón, ni explicar del todo quién es ella; necesitaba saberlo yo primero, y la única forma que conozco de descubrir cómo es alguien de verdad —incluso alguien que inventé— es ponerlo a prueba y observar qué queda cuando ya no puede fingir.
Esta es una obra breve, y lo es a propósito. Es un vuelo de prueba antes de la travesía más larga que estoy escribiendo. Puede leerse sola, completa en sí misma, sin promesas pendientes; y si el lector quiere quedarse más tiempo en este cielo, entonces habrá cumplido su otro propósito: el de ser la primera señal de un radar más grande.
Hans Blauhäher
Capítulo 1: Asilo para los sentimientos
En la profundidad de su mirada existía una ilusión que ella deseaba compartir. Sus ojos castaños capturaron aquel rostro reflexivo; sintió esa expresión recorrer su mejilla, una caricia deslizándose hacia el borde de sus labios. Bajo la mesa, apretó los dedos de una mano con la otra hasta sentir las…